jueves, 10 de septiembre de 2009

Tecnociencia para la sostenibilidad

Cuando se plantea la contribución de la tecnociencia a la sostenibilidad, la primera consideración que es preciso hacer es cuestionar cualquier expectativa de encontrar soluciones puramente tecnológicas a los problemas a los que se enfrenta hoy la humanidad. Pero, del mismo modo, hay que cuestionar los movimientos anti-ciencia que descargan sobre la tecnociencia la responsabilidad absoluta de la situación actual de deterioro creciente. Muchos de los peligros que se suelen asociar al “desarrollo científico y tecnológico” han puesto en el centro del debate la cuestión de la “sociedad del riesgo”, según la cual, como consecuencia de dichos desarrollos tecnocientíficos actuales, crece cada día la posibilidad de que se produzcan daños que afecten a una buena parte de la humanidad y que nos enfrentan a decisiones cada vez más arriesgadas (López Cerezo y Luján, 2000).

No podemos ignorar, sin embargo, que, como señala el historiador de la ciencia Sánchez Ron (1994), son científicos quienes estudian los problemas a los que se enfrenta hoy la humanidad, advierten de los riesgos y ponen a punto soluciones. Por supuesto no sólo científicos, ni todos los científicos. Por otra parte, es cierto que han sido científicos los productores de, por ejemplo, los freones que destruyen la capa de ozono. Pero, no lo olvidemos, junto a empresarios, economistas, trabajadores, políticos… La tendencia a descargar sobre la ciencia y la tecnología la responsabilidad de la situación actual de deterioro creciente, no deja de ser una nueva simplificación maniquea en la que resulta fácil caer. Las críticas y las llamadas a la responsabilidad han de extenderse a todos nosotros, incluidos los “simples” consumidores de los productos nocivos (Vilches y Gil, 2003). Y ello supone hacer partícipe a la ciudadanía de la responsabilidad de la toma de decisiones en torno a este desarrollo tecnocientífico. Hechas estas consideraciones previas, podemos ahora abordar más matizadamente el papel de la tecnociencia.

Existe, por supuesto, un consenso general acerca de la necesidad de dirigir los esfuerzos de la investigación e innovación hacia el logro de tecnologías favorecedoras de un desarrollo sostenible (Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1988; Gore, 1992; Daly, 1997; Flavin y Dunn, 1999…), incluyendo desde la búsqueda de nuevas fuentes de energía al incremento de la eficacia en la obtención de alimentos, pasando por la prevención de enfermedades y catástrofes, el logro de una maternidad y paternidad responsables o la disminución y tratamiento de residuos, el diseño de un transporte de impacto reducido, etc.

Es preciso, sin embargo, analizar con cuidado las medidas tecnocientíficas propuestas y sus posibles riesgos, para que las aparentes soluciones no generen problemas más graves, como ha sucedido ya tantas veces. Pensemos, por ejemplo, en la revolución agrícola que, tras la Segunda Guerra Mundial, incrementó notablemente la producción gracias a los fertilizantes y pesticidas químicos como el DDT. Se pudo así satisfacer las necesidades de alimentos de una población mundial que experimentaba un rápido crecimiento... pero sus efectos perniciosos (pérdida de biodiversidad, cáncer, malformaciones congénitas...) fueron denunciados ya a finales de los 50 por Rachel Carson (1980). Y pese a que Carson fue inicialmente criticada como “contraria al progreso”, el DDT y otros “Contaminantes Orgánicos Persistentes” (COP) han debido ser finalmente prohibidos como venenos muy peligrosos, aunque, desgraciadamente, todavía no en todos los países. Un debate similar está teniendo lugar hoy en día en torno al uso de los transgénicos (ver biodiversidad) o de las nanotecnologías, portadoras de muchas más esperanzas que todas las tecnologías hasta hoy conocidas (con extraordinarias aplicaciones informáticas, médicas, industriales, ambientales…), pero también de los mayores peligros (su tamaño les permite atravesar la piel, penetrar las células hasta su núcleo…) (Bovet, 2008, pp 58-59).

Conviene, pues, reflexionar acerca de algunas de las características fundamentales que deben poseer las medidas tecnológicas para hacer frente a la situación de emergencia planetaria. Según (Daly, 1997) es preciso que cumplan lo que denomina “principios obvios para el desarrollo sostenible”:

Las tasas de recolección no deben superar a las de regeneración (o, para el caso de recursos no renovables, de creación de sustitutos renovables).
Las tasas de emisión de residuos deben ser inferiores a las capacidades de asimilación de los ecosistemas a los que se emiten esos residuos.

Por otra parte, como señala el mismo Daly, “Actualmente estamos entrando en una era de economía en un mundo lleno, en la que el capital natural o “capital ecológico” será cada vez más el factor limitativo” (Daly, 1997). Ello impone una tercera característica a las tecnologías sostenibles:

“En lo que se refiere a la tecnología, la norma asociada al desarrollo sostenible consistiría en dar prioridad a tecnologías que aumenten la productividad de los recursos (…) más que incrementar la cantidad extraída de recursos (…). Esto significa, por ejemplo, bombillas más eficientes de preferencia a más centrales eléctricas”.

A estos criterios, fundamentalmente técnicos, es preciso añadir otros de naturaleza ética (Vilches y Gil-Pérez, 2003) como son:

Dar prioridad a tecnologías orientadas a la satisfacción de necesidades básicas y que contribuyan a la reducción de las desigualdades, como, por ejemplo:
Fuentes de energía limpia (solar, geotérmica, eólica, fotovoltaica, mini-hidráulica, mareas… sin olvidar que la energía más limpia es la que no se utiliza) y generación distribuida o descentralizada, que evite la dependencia tecnológica que conlleva la construcción de las grandes plantas.
Incremento de la eficiencia para el ahorro energético (uso de bombillas fluorescentes de bajo consumo o, mejor, diodos emisores de luz LED; cogeneración, que supone la obtención simultánea de energía eléctrica y energía térmica útil, aprovechando para calefacción u otros usos el calor que habitualmente se disipa…). Todo ello en un escenario “negavatios” que rompa el hasta aquí irrefrenable crecimiento en el uso de energía.
Gestión sostenible del agua y demás recursos básicos.
Obtención de alimentos con procedimientos sostenibles (agriculturas alternativas biológicas o agroecológicas, que recurren, por ejemplo, a biofertilizantes y biopesticidas, o al enriquecimiento del suelo con “biochar” o “agrichar”, a base de carbón vegetal, que hace la tierra más porosa y absorbente del agua).
Prevención y tratamiento de enfermedades, en particular las pandemias como el sida, que está diezmando la población de muchos países africanos, o las nuevas enfermedades asociadas al desarrollo industrial
Logro de una maternidad y paternidad responsable que evite embarazos no deseados y haga posible una cultura demográfica sostenible.
Prevención y reducción de la contaminación ambiental, así como tratamiento adecuado de los residuos para reducir su impacto.
Regeneración de entornos.
Reducción de desastres, como los provocados por el incremento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos atmosféricos extremos que acompaña al cambio climático…
Reducción del riesgo y empleo de materiales “limpios” y renovables en los procesos industriales, utilización de técnicas basadas en los principios de la Química Sostenible (www.unizar.es/icma/divulgacion/quimica%20verde.html) también denominada Química Verde o Química para la sostenibilidad.



Aplicar el Principio de Precaución (también conocido como de Cautela o de Prudencia), para evitar la aplicación apresurada de una tecnología, cuando aún no se ha investigado suficientemente sus posibles repercusiones, como ocurre con el uso de los transgénicos o de las nanotecnologías. Nos remitimos a este respecto a las “Pautas para aplicar el principio de precaución a la conservación de la biodiversidad y la gestión de los recursos naturales”, diseñadas por The Precautionary Principle Project, en el que ha trabajado un amplio grupo de expertos de diferentes campos, regiones y perspectivas (ver http://www.pprinciple.net/). Con tal fin se han introducido –aunque tan solo están vigentes en algunos países- instrumentos como la Evaluación del Impacto Ambiental (EIA), para prevenir los impactos ambientales de las tecnologías que se proponen, analizar los riesgos y facilitar la toma de decisiones para su aprobación o no, así como las Auditorías medioambientales (AMA) de las tecnologías ya en funcionamiento para conocer la calidad de sus productos o de sus prestaciones.

Se trata, pues, de superar la búsqueda de beneficios particulares a corto plazo que ha caracterizado, a menudo, el desarrollo tecnocientífico, y potenciar tecnologías básicas susceptibles de favorecer un desarrollo sostenible que tenga en cuenta, a la vez, la dimensión local y global de los problemas a los que nos enfrentamos.

Y es necesario, como señala Sachs (2008, p. 56), formular un compromiso global para “financiar I + D para tecnologías sostenibles, entre ellas las energías limpias, las variedades de semillas resistentes a la sequía, la acuicultura sensata desde el punto de vista medioambiental, las vacunas para enfermedades tropicales, la mejora del seguimiento y la conservación de la biodiversidad (…) para todas las dimensiones del desarrollo sostenible hay una necesidad tecnológica esencial que debe ser apuntalada mediante inversiones en ciencia básica. Y en todos los casos hay una necesidad acuciante de financiación pública que incentive las nuevas tecnologías que nos permitan alcanzar al mismo tiempo los objetivos de elevar la renta global, poner fin a la pobreza extrema, estabilizar la población mundial y propiciar la sostenibilidad ambiental”.

Debemos señalar, además, que existen ya soluciones científico-tecnológicas para muchos de los problemas planteados –aunque, naturalmente, será siempre necesario seguir investigando- pero dichas soluciones tropiezan con las barreras que suponen los intereses particulares o las desigualdades en el acceso a los avances tecnológicos, que se acrecientan cada día.

Es lo que ocurre, por ejemplo, con el IV Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, 2007) dedicado a las medidas de mitigación del problema, en el que se afirma que hay suficiente potencial económico para controlar en la próximas décadas las emisiones de gases de efecto invernadero, o con el problema, más concretamente, de los recursos energéticos: como muestra un reciente informe difundido por Greenpeace en http://energia.greenpeace.es/) hoy es técnicamente factible la reestructuración del sistema energético para cumplir objetivos ambientales y abastecer el 100 % de la demanda energética total, en el 2050, con fuentes renovables: eólica, solar, biomasa… Sin embargo se sigue impulsando el uso de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón (Duarte Santos, 2007), pese a su contribución al cambio climático, o se presenta la energía nuclear de fisión –igualmente dependiente de yacimientos minerales no renovables y escasos- como alternativa, dado que no contribuye al efecto invernadero, ignorando los graves problemas que comporta (ver contaminación sin fronteras y reducción de desastres). Cabe saludar a este respecto la creación en 2009 de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), cuyo cometido es asesorar y ayudar a los distintos países en materia de política energética y fomentar las energías renovables, que incluyen ya una gran variedad de realizaciones y prometedoras perspectivas (eólica, fotovoltaica, geotérmica, mareomotriz, mini-hidráulica, producida aprovechando las algas, solar espacial, solar termodinámica, termo-oceánica o maremotérmica, undimotriz o de las olas, etc.).

Surgen así nuevos debates sociales, como el que plantea el uso de los biocombustibles o agrocombustibles, como el bioetanol y el biodiésel: por una parte es indudable que constituyen una forma de energía limpia, que no contribuye al incremento del efecto invernadero (puesto que el CO2 que emiten lo absorben previamente las plantas dedicadas a la agroenergía). Por otra, están impulsando el uso de maíz, soja, etc., que era destinado al consumo humano y provocando deforestaciones para contar con nuevas superficies de cultivo, contribuyendo además al incremento de los costes en la industria alimentaria. Los biocombustibles son, pues, a la vez, una promesa (si se aprovechan deshechos orgánicos o se cultivan tierras baldías) y un serio peligro si desvían cultivos necesarios para la alimentación o contribuyen a la destrucción de los bosques y a la pérdida de biodiversidad. Todo ello está promoviendo la investigación en alternativas que no generen problemas en la industria alimentaria, que mejoren el rendimiento energético y que reduzcan aún más las emisiones de dióxido de carbono: se trata de los denominados biocombustibles de segunda generación que se producen a partir del aprovechamiento de gramíneas, paja, desechos agrícolas, residuos orgánicos humanos y del resto de animales, etc.

También ha generado debate la propuesta de enriquecimiento del suelo con “biochar” o “agrichar”, a base de carbón vegetal pulverizado, que hace la tierra más porosa y absorbente del agua. Mientras para algunos se trata de una tecnología de probada eficiencia, utilizada por pueblos amerindios durante centenares de años, para otros se trata de un ejemplo de geo-ingeniería, tan peligrosa como la que suponen los agrocombustibles.

Otro debate reciente es el surgido en torno a la fertilización de los océanos del Hemisferio Sur, que presentan una insuficiencia del hierro necesario para hacer crecer las plantas marinas (fitoplancton) que pueden absorber el CO2 y llevarlo a las profundidades de los océanos. Para algunos expertos se trata de una medida tan necesaria y eficaz como la reforestación de los bosques, pero otros argumentan que el resultado puede ser justo el contrario perseguido. De momento hay demasiadas dudas acerca de la eficacia y seguridad de la medida para que se permitan ensayos a gran escala.

Uno de los debates más importantes gira en torno al elevado coste de la aplicación de estas tecnologías para hacer frente al cambio global que el planeta está experimentando; pero como ha mostrado el Informe Stern, encargado por el Gobierno Británico en 2006 a un equipo dirigido por el economista Nicholas Stern (Bovet et al., 2008, pp 12-13), así como otros estudios de conclusiones concordantes, si no se actúa con celeridad se provocará en breve plazo una grave recesión económica mucho más costosa. La sociedad sueca ha reaccionado ya con un acuerdo fruto del trabajo conjunto de investigadores, industriales, funcionarios gubernamentales, sindicatos, etc., para lograr una sociedad sin petróleo (Bovet et al., 2008, pp. 70-71).

Todo ello viene a cuestionar, insistimos, la idea simplista de que las soluciones a los problemas con que se enfrenta hoy la humanidad dependen, fundamentalmente, de tecnologías más avanzadas, olvidando que las opciones, los dilemas, a menudo son fundamentalmente éticos (Aikenhead, 1985; Martínez, 1997; García, 2004). Se precisan también medidas educativas y políticas, es decir, es necesario y urgente proceder a un replanteamiento global de nuestros sistemas de organización, porque estamos asistiendo a un deterioro ambiental que amenaza, si no es atajado, con lo que algunos expertos han denominado “la sexta extinción” ya en marcha (Lewin, 1997), de la que la especie humana sería principal causante y víctima (Diamond, 2006). A ello responde el llamamiento de Naciones Unidas para una Década de la Educación para un futuro sostenible.

Referencias en este tema “Tecnociencia para la sostenibilidad”

AIKENHEAD, G. S. (1985). Collective decision making in the social context of science. Science Education, 69(4), 453-475.
BOVET, P., REKACEWICZ, P, SINAÏ, A. y VIDAL, A. (Eds.) (2008). Atlas Medioambiental de Le Monde Diplomatique, París: Cybermonde.
CARSON, R. (1980). Primavera Silenciosa. Barcelona: Grijalbo.
COMISIÓM MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE Y DEL DESARROLLO (1988). Nuestro futuro común. Madrid: Alianza.
DALY, H. (1991) Steady-State Economics (Washington D.C., Island Press).
DIAMOND, J. (2006). Colapso. Barcelona: Debate
DUARTE SANTOS, F. (2007). Que Futuro? Ciência, Tecnología, Desenvolvimento e Ambiente. Lisboa: Gradiva.
FLAVIN, C. y DUNN, S. (1999). Reinvención del sistema energético. En Worldwatch Institute, La situación del mundo 1999. Barcelona: Icaria.
GARCÍA, E. (2004). Medio ambiente y sociedad. Madrid: Alianza.
GORE, A. (1992). La Tierra en juego. Ecología y conciencia humana. Barcelona: Ed. Emecé.
INTERGOVERNMENTAL PANEL ON CLIMATE CHANGE (2007): Working Group III Report: Mitigation of Climate Change, In “Climate Change 2007” IPCC, Fourth Assessment Report (AR4). Accesible en: [Consulta: Julio 2008].
LEWIN, R. (1997). La sexta extinción. Barcelona: Tusquets Editores.
LÓPEZ CEREZO, J. A. y LUJÁN, J. L. (2000). Ciencia y política del riesgo. Madrid: Alianza.
MARTÍNEZ, M. (1997). Consideraciones teóricas sobre educación en valores. En Filmus D. (compilador). Las transformaciones educativas en Iberoamérica. Tres desafíos: democracia, desarrollo e integración. Buenos Aires: Ed. Troquel.
SÁNCHEZ RON, J. M. (1994). ¿El conocimiento científico prenda de felicidad? En Nadal J. (Ed.), El mundo que viene, 221- 246. Madrid: Alianza.
SACHS, J. (2008). Economía para un planeta abarrotado. Barcelona: Debate.
VILCHES, A. y GIL-PÉREZ, D. (2003). Construyamos un futuro sostenible. Diálogos de supervivencia. Madrid: Cambridge University Press. Capítulo 12.
Cita Bibliográfica

VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2009). «Tecnociencia para la sostenibilidad» [artículo en línea]. OEI. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].

Cambio climático: una innegable y preocupante realidad

La alerta ante la influencia de las acciones humanas en la evolución del clima comienza a cobrar fuerza a finales de los años sesenta con el establecimiento del Programa Mundial de Investigación Atmosférica, si bien las primeras decisiones políticas en torno a dicho problema se adoptan en 1972, en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano (CNUMAH). En dicha Conferencia, se propusieron actuaciones para mejorar la comprensión de las causas que estuvieran pudiendo provocar un posible cambio climático. Ello dio lugar en 1979 a la convocatoria de la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima.

Otro paso importante, para impulsar la investigación y adopción de acuerdos internacionales para resolver los problemas, tuvo lugar con la constitución, en 1983, de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo conocida como Comisión Brundtland. El informe de la Comisión subrayaba la necesidad de iniciar las negociaciones para un tratado mundial sobre el clima, investigar los orígenes y efectos de un cambio climático, vigilar científicamente el clima y establecer políticas internacionales para la reducción de las emisiones a la atmósfera de los gases de efecto invernadero.

A finales de 1990, se celebró la Segunda Conferencia Mundial sobre el Clima, reunión clave para que Naciones Unidas arrancara el proceso de negociación que condujese a la elaboración de un tratado internacional sobre el clima.

Hoy, tras décadas de estudios, no parece haber duda alguna entre los expertos acerca de que las actividades humanas están cambiando el clima del planeta. Ésta fue, precisamente, la conclusión de los Informes de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC http://www.ipcc.ch/), organismo creado en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, con el cometido de realizar evaluaciones periódicas del conocimiento sobre el cambio climático y sus consecuencias. Hasta el momento, el IPCC ha publicado cuatro informes de Evaluación, en 1990, 1995, 2001 y 2007, dotados del máximo reconocimiento mundial. El día 2 de febrero de 2007 se hizo público, con un notable y merecido impacto mediático, el IV Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), organismo científico de Naciones Unidas.

Miles de científicos habían puesto en común los resultados de sus investigaciones, plenamente concordantes, y la conclusión puede resumirse en las palabras pronunciadas por Achim Steiner, Director del Programa de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente (PNUMA): “El 2 de febrero pasará a la historia como el día en que desaparecieron las dudas acerca de si la actividad humana está provocando el cambio climático; y cualquiera que, con este informe en la mano, no haga algo al respecto, pasará a la historia como un irresponsable”.

Los resultados de estos análisis son realmente preocupantes: la proporción de CO2 en la atmósfera, por ejemplo, para cuya medida se ha introducido el concepto de “huella de carbono”, ha aumentado de forma acelerada en las últimas décadas, provocando un notable incremento del efecto invernadero (Balairón, 2005). Y, antes de referirnos a las causas de este alarmante fenómeno, es preciso salir al paso del frecuente error que supone hablar negativamente del efecto invernadero. Gracias a que hay gases “de efecto invernadero” en la composición de la atmósfera (dióxido de carbono, vapor de agua, óxido de nitrógeno, metano…) la energía solar absorbida por el suelo y las aguas no es total e inmediatamente irradiada al espacio al dejar de ser iluminados, sino que la atmósfera actúa como las paredes de vidrio de los invernaderos y, de este modo, la temperatura media de la Tierra se mantiene en torno a los 15º C. Así se logra un balance energético natural que evita tremendas oscilaciones de temperatura, incompatibles con las formas de vida que conocemos.

El problema no está, pues, en el efecto invernadero, sino en la alteración de los equilibrios existentes, en el incremento de los gases que producen el efecto invernadero, debido fundamentalmente a la emisión creciente de CO2 que se produce al quemar combustibles fósiles como carbón o petróleo , sin olvidar que hay otros gases, como el metano, óxido nitroso, clorofluorcarbonos, hidrofluorcarbonos, vapor de agua y el ozono, que contribuyen también a ese efecto y las emisiones de la mayoría de ellos crecen cada año provocando lo que deberíamos denominar, como se hace en francés, “recalentamiento climático” (Bovet et al., 2008, pp. 44-45), puesto que el problema no reside en el que la atmósfera esté caliente, sino en que se calienta demasiado.

Es chocante, por ejemplo, que los compuestos hidrofluorocarbonados (HFC) hayan sustituido a los fluorclorocarbonados (CFC), causantes de la destrucción de la capa de ozono, en los aerosoles y equipos de refrigeración. Se evita así esa destrucción de la capa de ozono, pero se sigue contribuyendo al incremento del efecto invernadero. Por ello Greenpeace ha propuesto la sustitución de los HFC en equipos generadores de frío por tecnologías basadas en los hidrocarburos -denominados 'greenfreeze'- de las que se ha constatado su eficiencia. Y lo mismo ocurre con los proyectos para construir nuevas centrales térmicas, que siguen adelante en muchos países, pese a que comportarán un notable aumento de las emisiones de CO2, además de provocar otras formas de contaminación sin fronteras, como la lluvia ácida, que contribuyen a destruir los bosques, reduciendo, por tanto, la capacidad de absorción del dióxido de carbono. De hecho, la responsabilidad del incremento del efecto invernadero y el consiguiente aumento de la temperatura media del planeta, es compartida casi al 50% entre la deforestación y el aumento de emisiones de CO2 y demás gases invernadero. Y las consecuencias de degradación ambiental comienzan ya a ser perceptibles (Folch, 1998; McNeill, 2003; Vilches y Gil, 2003; Lynas, 2004; Duarte, 2006):

disminución de los glaciares y deshielo de los casquetes polares, con la consecuente subida del nivel del mar y destrucción de ecosistemas esenciales como humedales, bosques de manglares y zonas costeras habitadas;
deshielo, en particular, del permafrost, (suelos congelados de la tundra siberiana, Canadá y Groenlandia) que encierra musgo y liquen acumulados desde la última glaciación y que, al descongelarse, se descomponen emitiendo metano, gas cuyo efecto invernadero es más de 100 veces superior al CO2, lo que podría dar lugar a lo que Pearce (2007) denomina un tsunami atmosférico y que está provocando ya el derrumbamiento de numerosos edificios y la ruptura de oleoductos y carreteras en Siberia y Alaska (Gore, 2007);
transformación de los océanos en fuente de CO2 en vez de sumideros debido al aumento de temperatura.
alteraciones en las precipitaciones y un aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos extremos (sequías, grandes incendios, huracanes, lluvias torrenciales e inundaciones, avalanchas de barro...);
modificaciones en las migraciones de aves con graves consecuencias para la biodiversidad.
acidificación de las aguas y destrucción de los arrecifes de coral, auténticas barreras protectoras de las costas y hábitat de innumerables especies marinas;
erosión y desertización;
alteración de los ritmos vitales de numerosas especies;
...

Todo ello con graves implicaciones sociales, en particular, con repercusiones en la agricultura, los bosques, las reservas de agua… y, en definitiva, para la salud humana: aumento de la mortalidad asociado a las olas de calor, y otros fenómenos extremos, incremento de alergias, enfermedades respiratorias, diferentes tipos de cáncer, etc. (Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1988; McNeill, 2003; Duarte, 2006). Cabe lamentar, en particular, que muchas comunidades y pueblos autóctonos, poseedores de una cultura profundamente anclada en su ambiente, estén en vías de desaparición, obligados a abandonar su tierra hacia las grandes ciudades, a menudo como consecuencia de la degradación ambiental, lo que les convierte en refugiados climáticos o ambientales y les condena a la pérdida acelerada de su identidad (Bovet et al., 2008, pp 44-45). Esta situación ha obligado a introducir la reivindicación de la “justicia climática”, que persigue evitar que los más afectados por el cambio climático sean quienes son menos responsables del mismo.

Los cambios provocados por los seres humanos están siendo tan profundos que se habla de una era geológica nueva, el antropoceno, término propuesto por el premio Nobel Paul Crutzen (Crutzen y Stoermer, 2000) para destacar la responsabilidad de la especie humana (Pearce, 2007; Sachs, 2008). Y las nuevas predicciones del IPCC para el siglo XXI señalan que las temperaturas globales seguirán subiendo, el nivel del mar experimentará ascensos significativos y la frecuencia de los fenómenos climáticos extremos aumentará. El clima se tornará más errático –lo está haciendo ya- dificultando las previsiones metereológicas. Se habla por ello de un “shock” climático inédito, por su rapidez e intensidad, para los seres vivos (Bovet et al., 2008, pp. 46-47).

Una retroacción particularmente preocupante es la posible alteración en la circulación termohalina y sus consecuencias (Broecker, 1991). Se denomina así a las corrientes oceánicas impulsadas por flujos superficiales de aguas saladas y cálidas (de ahí su nombre) procedentes de los trópicos que en el ártico y la región antártica se enfrían y se hacen más densas, hundiéndose a grandes profundidades. Esas aguas profundas se desplazan y van recorriendo los océanos hasta emerger de nuevo al calentarse regresando por superficie al atlántico donde comenzará un nuevo ciclo. La circulación termohalina actúa así como una gran cinta transportadora oceánica que juega un papel fundamental en la distribución de agua caliente desde los trópicos hasta las regiones polares y en el intercambio de CO2 entre la atmósfera y los océanos. Pero, debido a la elevación de la temperatura en los casquetes polares y consiguientes incrementos de agua dulce procedentes del deshielo, el agua puede no alcanzar la densidad suficiente para hundirse, lo que podría provocar, según los expertos, una relentización de la circulación termohalina llegando incluso al colapso (Duarte, 2006; Gore 2007; Pearce 2007), con drásticas consecuencias sobre el clima global del planeta.

Es cierto también que las consecuencias son, en parte, impredecibles. Hay que tener en cuenta que el clima es un sistema tremendamente complejo que no sólo comprende la atmósfera, sino también los océanos, hielos, la tierra y su relieve, los ríos, lagos, aguas subterráneas... La radiación solar, la rotación de la Tierra, la composición de la atmósfera y los océanos afectan a este sistema y cambios pequeños en parámetros importantes, como la temperatura, pueden causar resultados inesperados y no lineales. Ello se ha aprovechado por algunos, hasta muy recientemente, para decir que "las cosas no están claras" y justificar así su rechazo a la adopción de medidas. Pero, como ha señalado la Unión Geofísica Americana (AGU), institución científica internacional de más de 35000 miembros, "el nivel actual de incertidumbre científica no justifica la falta de acción en la mitigación del cambio climático".

Ya no es posible negarse a aceptar que estamos en una situación de emergencia planetaria. No es posible seguir afirmando que "el planeta es muy resistente, que lo que los humanos estamos haciendo con la Tierra es nimio comparado con los cambios que ha experimentado antes por causas naturales; que ya ha habido otros cambios notables en la composición de la atmósfera y en la temperatura, hubo glaciaciones… y la Tierra continuó girando". Todo ello es verdad: en el pasado también ha habido alteraciones en la concentración atmosférica de los gases de efecto invernadero que han originado profundos cambios climáticos. Sin embargo, como han señalado los meteorólogos, el problema no está tanto en los cambios como en la rapidez de los mismos (http://www.mma.es/oecc/index.htm): baste señalar que la proporción de CO2 en la atmósfera se ha incrementado en 200 años… ¡más que en los 10000 precedentes! Y Delibes de Castro puntualiza: "Nunca ha habido tanto CO2 en la atmósfera desde hace al menos 400 000 años. Y seguramente nunca, en esos cuatro mil siglos, ha hecho tanto calor como el que me temo hará dentro de pocos lustros" (Delibes y Delibes, 2005).

Sin embargo, cualquiera que siga la prensa diaria o se asome a Internet se puede encontrar con abundantes documentos que se refieren a “las mentiras del cambio climático”, al “catastrofismo de los ecologistas” e incluso con tomas de posición de conocidos responsables políticos que se oponen a que, en épocas de crisis como la actual, se financien causas “científicamente cuestionables” como el cambio climático. No es de extrañar que la conclusión de algunos ciudadanos sea que la cuestión no está clara. En consecuencia, buena parte de la ciudadanía sigue sin ver necesaria su implicación en la resolución de esta problemática. Ante esta situación, es preciso dejar claro que el consenso científico es total. Podemos referirnos, por ejemplo, al estudio realizado por la investigadora Naomi Orestes, con cerca de un millar de artículos científicos analizados ni uno solo de los cuales ponía en duda la realidad del actual cambio climático, ni su origen, asociado, entre otros, a la quema de combustibles fósiles (http://www.sciencemag.org/cgi/content/full/306/5702/1686). Por contra, más del 50% de los artículos publicados en la prensa diaria durante el mismo periodo expresaban dudas acerca del cambio climático. Esta confusión constituye un serio obstáculo al que es preciso hacer frente, dejando claro que no ha lugar para un negacionismo sin fundamento científico, guiado por una apuesta miope por el beneficio a muy corto plazo.

Este rechazo del “negacionismo” no supone, en modo alguno, adoptar las posturas catastrofistas de quienes afirman que los problemas no tienen solución y que, por tanto, no ven posible ni necesario hacer nada… lo que les condena a la misma pasividad de quienes sostienen que no hay problema. La forma de no ser catastrofistas es reconocer los problemas y trabajar por su solución. El estudio científico de los problemas tiene como finalidad conocer su origen y poner a punto las posibles soluciones. Y debemos insistir en que esas soluciones existen y que estamos a tiempo de adoptar las medidas necesarias. Baste recordar que en el IV informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático destaca el espacio concedido a las medidas mitigadoras y la fundamentada conclusión de que todavía estamos a tiempo… pero que es urgente actuar.

Pero, además, no es necesario esperar: según un reciente estudio, realizado por científicos del Instituto Goddard de la NASA, la Tierra está alcanzando las temperaturas más altas desde hace 12000 años, señalando que si aumenta un grado más igualará el máximo registrado en el último millón de años.

"Esto significa -explican los autores del estudio- que un mayor calentamiento global de un grado define un nivel crítico. Si el calentamiento se mantiene en ese margen, los efectos del cambio climático podrían ser manejables, porque durante los periodos interglaciales más templados, la Tierra era más o menos como es hoy. Pero si las temperaturas suben dos o tres grados centígrados más, probablemente veremos cambios que harán de la Tierra un planeta diferente del que conocemos hoy. La última vez que la superficie del planeta alcanzó esas temperaturas, hace unos tres millones de años, se estima que el nivel del mar era unos 25 metros más alto que el actual". Y el estudio se refiere a claros indicios de cómo el calentamiento global ha empezado a mostrar sus efectos en la naturaleza.

El punto crítico de un proceso irreversible está, pues, a sólo uno o dos grados más y desde hace 30 años se ha acelerado el calentamiento, aumentando la temperatura media en 0.2 ºC cada 10 años. Si el proceso continuara, el desastre global se produciría en poco más de 50 años.

En consecuencia, aunque existen todavía muchas incertidumbres que no permiten cuantificar con la suficiente precisión los cambios del clima previstos, la información validada hasta ahora es suficiente para tomar medidas de forma inmediata, de acuerdo al denominado "principio de precaución" al que hace referencia el Artículo 3 de la Convención Marco sobre Cambio Climático. Nos remitimos también a este respecto a las “Pautas para aplicar el principio de precaución a la conservación de la biodiversidad y la gestión de los recursos naturales” (http://www.pprinciple.net/). Como señala Duarte (2006) el calentamiento global “es una realidad en la que estamos ya plenamente inmersos” y “su consideración como especulación o como proceso futuro aún por llegar solo puede retrasar la adopción de medidas de adaptación y mitigación y, con ello, agravar los impactos de este importante problema”.

Resulta absolutamente necesario, pues, interrumpir esta agresión a los equilibrios del planeta para hacer posible un futuro sostenible. Por ello en 1997, como resultado de un acuerdo alcanzado en la Cumbre de Río en 1992, se firmó el Protocolo de Kyoto, por el cual los países firmantes asumían el compromiso de reducir las emisiones en porcentajes que varían según su contribución actual a la contaminación del planeta, estableciendo sistemas de control de la aplicación de estas medidas.

Para que el acuerdo entrara en vigor, se estableció un mínimo de 55 países firmantes que sumaran en conjunto al menos un 55% de las emisiones correspondientes a los 39 países implicados en el acuerdo. Y aunque existen países como EEUU (con mucho, el más contaminante) que no asumen todavía el Protocolo de Kyoto y por lo tanto no se comprometen a aplicar las medidas que en él se plantean, tras su ratificación por el parlamento ruso en octubre de 2004 se aseguraron los apoyos necesarios para su entrada en vigor, que tuvo lugar el 16 de febrero de 2005. Una fecha que, sin duda, pasará a la historia como el inicio de una nueva etapa en la protección del medio ambiente por la comunidad internacional. Pese a que se trata solamente de un primer paso todavía tímido en la regulación de la contaminación ambiental, en la lucha contra el cambio climático, la importancia de este hecho es enorme por lo que supone de regulación global de un ámbito que afecta a numerosos aspectos de nuestras actividades y un paso hacia la cada vez más imprescindible prevención de riesgos y la gestión integrada de los recursos del planeta (Mayor Zaragoza, 2000; McNeill, 2003; Riechmann, 2003). Una gestión que exige, además de medidas políticas a escala planetaria, como el Protocolo de Kyoto y su continuación en un más ambicioso Kyoto 2, prevista ya en las Cumbres del Clima de Nairobi 2006 y Bali 2007, , que ha de culminar en la Conferencia de UN sobre Cambio Climático (COP 15) de Copenhague 2009, exige el pleno desarrollo de las “Nuevas culturas” (energética, de la movilidad,, urbana, del agua…) con el impulso de tecnologías para la sostenibilidad y un sostenido esfuerzo educativo capaz de modificar actitudes y comportamientos, como el que pretende la Década de la Educación para la sostenibilidad.

En 1985, con el Convenio de Viena para la protección de la capa de Ozono, y en 1987, con el protocolo de Montreal para la prohibición del uso de los CFC, la humanidad fue capaz de atajar una amenaza de primer orden de carácter antropogénico. Como señala Sachs (2008, p. 162), resolver el problema del cambio Climático exigirá dar esos mismos pasos: “consenso científico, concienciación pública, desarrollo de tecnologías alternativas y marco global para la acción. Hemos avanzado mucho en todas las parcelas. El consenso científico es sólido y la conciencia social ha aumentado de forma espectacular (…) ya hay nuevas y fascinantes tecnologías de baja emisión de carbono (…) disponemos incluso de un marco global, el Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el cambio Climático y de una creciente determinación para avanzar en una implantación mucho más rotunda”.

En la Cumbre de Valencia de Noviembre de 2007, el Panel Intergubernamental del Cambio Climático, IPCC, presentó su informe a los delegados gubernamentales de 130 países. Un informe en el que destaca el espacio concedido a las medidas mitigadoras y la fundamentada conclusión de que todavía estamos a tiempo. El premio Nobel de la Paz concedido ese mismo año al IPCC y a Al Gore refrendó la labor realizada por los galardonados por construir y divulgar un mayor conocimiento sobre el cambio climático causado por el los seres humanos y por fijar las bases de las medidas que son necesarias para contrarrestar esos cambios. En palabras del Presidente del comité Nobel noruego: “La acción es necesaria ahora, antes de que el cambio climático quede totalmente fuera de control de los seres humanos”.

Entre las medidas necesarias figuran, en primer lugar, la puesta a punto de fuentes limpias de energía, que no contribuyan a las emisiones de CO2, pero también las que favorecen su absorción, como la protección y expansión de los bosques o las tecnologías CAC (Captura y Almacenamiento de Carbono). Por supuesto la aplicación de estas tecnologías para hacer frente al desafío global al que se enfrenta hoy la humanidad, es decir, al cambio global que el planeta está experimentando como consecuencia de nuestras acciones, tiene un coste; pero como ha mostrado el Informe Stern, encargado por el Gobierno Británico en 2006 a un equipo dirigido por el economista Nicholas Stern, así como otros estudios de conclusiones concordantes como el hecho público por la OCDE, si no se actúa con celeridad se provocará una grave recesión económica mucho más costosa (Bovet et al., 2008, pp 12-13). Suecia ha marcado la pauta con un acuerdo fruto del trabajo conjunto de investigadores, industriales, funcionarios gubernamentales, sindicatos, etc., para lograr una sociedad sin petróleo (Bovet et al., 2008, pp. 70-71). Todo un ejemplo a seguir.

Referencias en este resumen “Cambio climático”

BALAIRÓN, L. (2005). El cambio climático: interacciones entre los sistemas humanos y los naturales”. En Nombela, C. (Coord.), El conocimiento científico como referente político del siglo XXI. Fundación BBVA.
BOVET, P., REKACEWICZ, P, SINAÏ, A. y VIDAL, A. (Eds.) (2008). Atlas Medioambiental de Le Monde Diplomatique, París: Cybermonde.
BROECKER, W. S. (1991). The Great Ocean Conveyor. Oceanography, 4, 79-89.
COMISIÓN MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE Y DEL DESARROLLO (1988). Nuestro Futuro Común. Madrid: Alianza.
CRUTZEN, P. J. y STOERMER, E. F. (2000). The “Anthropocene”. Global Change Newsletter, 41, 12-13.
DELIBES, M. y DELIBES DE CASTRO, M. (2005). La Tierra herida. ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? Barcelona: Destino.
DUARTE, C. (Coord.) (2006). Cambio Global. Impacto de la actividad humana sobre el sistema Tierra. CSIC.
FOLCH, R. (1998). Ambiente, emoción y ética. Barcelona: Ed. Ariel.
GORE, A. (2007). Una verdad incómoda. Barcelona: Gedisa S.A.
LYNAS, M. (2004). Marea alta. Noticia de un mundo que se calienta y cómo nos afectan los cambios climáticos. Barcelona: RBA Libros S. A.
McNEILL, J. R. (2003). Algo nuevo bajo el Sol. Madrid: Alianza.
MAYOR ZARAGOZA, F. (2000). Un mundo nuevo. Barcelona: UNESCO. Círculo de lectores.
PEARCE, F. (2007). La última generación. Benasque: Barrabes
RIECHMANN, J. (2003). Cuidar la T(t)ierra. Barcelona: Icaria.
SACHS, J. (2008). Economía para un planeta abarrotado. Barcelona: Debate.
VILCHES, A. y GIL, D. (2003). Construyamos un futuro sostenible. Diálogos de supervivencia. Madrid: Cambridge University Presss. Capítulo 4.
Cita Bibliografica

VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2009). «Cambio climático: una innegable y preocupante realidad» [artículo en línea]. OEI. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].

Ideas Verdes

domingo, 6 de septiembre de 2009

Web del ambiente, Costa Rica


Tomado de: http://www.webdelambiente.com/

Bajo la dirección del costarricense José Brenes André, y con la ayuda de los programadores Fabián Brenes y Roberto Solórzano se ha establecido este sitio web, como una ayuda a todas aquellas personas que quieran defender el medio ambiente. El mismo empezó a finales del 2006.

En Costa Rica las leyes, decretos y reglamentos sobre el agua, y en general sobre el ambiente están desperdigadas en varias instituciones, lo que dificulta la labor de protección. Por ello, se han puesto todas en un solo sitio que facilite su acceso en cualquier lugar del país.

Para facilitar la labor del maestro, los padres de familia, y cualquiera que quiera educar en la protección del ambiente se ha incluido un rincón educativo, que irá creciendo con el tiempo y su cooperación. Este Rincón está siendo ampliado con la sección de METEOROLOGIA (al final, a la derecha) que permitirá a los estudiantes de colegio el hacer trabajos sobre el cambio climático, meteorología, etc.

En Abril 2008 hemos dado inicio a una empresa más ambiciosa: establecer una Red Ciudadana de Estaciones Meteorológicas completas que pondrán sus datos en línea durante las 24 horas, y se actualizaran cada 10 minutos. Cada Cantón tendrá eventualmente una estación, con lo que se fomentará la educación científica, a la vez que se permitirá a los ciudadanos defender de mejor manera el ambiente en sus comunidades. Mil gracias a Cesar Villalobos Villalobos, paramédico e informático, quien ha sido fundamental en este empeño. Los datos “crudos” se están enviando al Instituto Meteorológico para ayudar en sus labores. Igualmente se está usando un formato 100% compatible con el que usa el Servicio 911 para apoyar sus gestiones.

El foro busca facilitar la discusión de temas relevantes por parte de grupos que así nos lo soliciten (use la dirección al final), al igual que para que los administradores de las estaciones se comuniquen entre sí.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Los switches H3C de 3Com ahorran el 40 por ciento de energía

Pruebas realizadas por Miercom demuestran los importantes ahorros de energía conseguidos por los switches 5500-EI y S7506E de H3C.

De acuerdo con las pruebas realizadas por la consultora independiente Miercom, los switches empresariales H3C S7506E y H3C S5500-EI de H3C son los más eficientes energéticamente de la industria, ya que utilizan hasta un 40 por ciento menos de la energía que otras soluciones de la competencia.

Como parte de su Programa de Evaluación de Certificado Verde, Miercom evalúa el consumo de energía y la eficiencia de los switches. El informe de Miercom acerca del stackable switch H3C 5500-EI de 24 – 48 puertos confirma que es hasta un 40 por ciento más eficienteenergéticamente que otros productos e la competencia, teniendo en cuenta los vatios de energía utilizados por gigabits por segundo de rendimiento.

Por otro lado, el H3C S7506E modular multicapas de 10-Gigabit y switch gigabit es hasta un 24 por ciento energéticamente más eficiente que otros productos de la misma categoría. Del informe se deduce que toda la gama de redes H3C de 3Com está diseñada para ofrecer el menor Coste Total de Propiedad (TCO) de la industria.

Miercom también afirma que las organizaciones pueden ahorrar aún más costes si utilizan el nuevo IMC (Intelligent Management Center) de H3C para administrar su red. El IMC es una potente herramienta para la gestión de servicios y elementos de red que proporciona una gestión única y homogénea que utiliza un único panel de información para toda la red empresarial y que puede integrarse de forma sencilla con los sistemas existentes para ofrecer una mayor eficiencia y valor. La capacidad de administración remota centralizada del IMC puede ayudar a reducir los costes administrativos de la red.

Los nuevos productos de H3C cuentan con la última tecnología de 90nm de silicon, que incrementa el rendimiento sin aumentar el consumo de energía. Según Miercom, “La tecnología de silicon permite incrementar en un 35 por ciento la velocidad del procesador, al tiempo que reduce el consumo de energía necesaria en un 60 por ciento”.

Todos los productos de H3C y de 3Com cumplen con las restricciones internacionales en el uso de ciertas substancias peligrosas en componentes eléctricos. Igualmente, 3Com cumple las directrices en la eliminación y reciclaje de sus productos. Estos compromisos, junto con la eficiencia energética de sus soluciones, hacen de 3Com una compañía líder en la protección del medio ambiente.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

En el país se fabrica ‘madera’ a partir de desechos plásticos



INICIATIVA DE EMPRESA EN PAVAS, SAN JOSÉ

20 toneladas de botellas y bolsas se convierten cada mes en tablas de construir

Productores elogian resistencia, pero a usuarios los aleja el alto precio

ALEJANDRA VARGAS M. | alevargas@nacion.com

martes, 1 de septiembre de 2009

Rastrean con Satélites a las Tortugas Marinas de la Isla del Coco, Costa Rica

Investigadores Buscan Información Para Fomentar la Creación de Areas Marinas Protegidas
en Alta Mar para Especies Marinas Amenazadas

(San José, Costa Rica - 1 de Setiembre, 2009)
Luego de una expedición de 10 días a la Isla del Coco, investigadores lograron equipar a tres tortugas verdes y una tortuga de carey con transmisores satelitales para seguir sus movimientos, como parte de una investigación de largo plazo que busca comprender la importancia de la Isla del Coco para especies pelágicas que migran a través del Pacífico. Dos otras tortugas verde habían sino marcadas previamente durante una expedición realizada en marzo. El objetivo del estudio es documentar los patrones migratorios de las especies marinas amenazadas del Pacífico Oriental, con el fin de que se establezcan corredores migratorios para protegerlas.

Cada vez que una de las tortugas marcas sale a superficie para respirar, un transmisor satelital de alta tecnología adherido al caparazón utilizando epoxy, envía una señal a una serie de satélites que circulan la Tierra, y de esta manera determina la localización de la tortuga y la temperatura del agua, y envía esta información directamente a las computadores de los investigadores.

"La información que estamos recopilando es necesaria si queremos brindar protección a estas increíbles criaturas mientras migran miles de kilómetros a través del Pacífico, donde deben enfrentar la amenaza de las pesquerías industriales, que capturan y matan miles de tortugas marinas cada año", dijo Randall Arauz, Presidente de la organización costarricense Pretoma, co director de la expedición.

En total, el equipo capturó y marcó 26 tortugas marinas con marcas metálicas en las aletas delanteras, nueve de las cuales también fueron marcadas con transmisores acústicos, cuyas emisiones ultrasónicas pueden ser escuchadas por receptores subacuáticos instalados alrededor de la Isla del Coco, así como por receptores instalados en las Islas Galápagos (Ecuador) y la Isla Malpelo (Colombia).

"Si no mejoramos el manejo de las pesquerías industriales para evitar interacciones con las tortugas marinas, tan antiguas que hasta sobrevivieron la extinción de los dinosaurios, podríamos perder algunas especies en un futuro muy cercano", advirtió Todd Stiener, co-director de la expedición junto con Arauz. "La mejor manera de hacer esto es comprender las migraciones de las tortugas marinas y reducir el esfuerzo pesquero, especialmente donde ocurre alta interacción de pesquerías con tortugas".

Además del trabajo realizado con tortugas, el equipo marcó 6 tiburones martillo más con transmisores acústicos, para sumar un total de 60 tiburones marcados desde el inicio del proyecto en el 2005. Tiburones martillo previamente marcados han demostrado movimientos entre la Isla del Coco, las Islas Galápagos y la Isla Malpelo. El Ministerio de Ambiente también otorgó recientemente un permiso a Pretoma para crear un banco de tejidos de tortugas y tiburones para análisis genéticos, el cual ahora incluye 20 tortugas y 18 tiburones punta blanca de arrecife procedentes de la Isla del Coco, y será puesta a disposición de investigadores que lo soliciten formalmente.

Según Arauz, la información generada hasta ahora está probando que la Isla del Coco es un importante sitio para la alimentación, descanso y cría de muchas especies pelágicas de tiburones y tortugas. "Para proteger a esta joya internacional, Costa Rica debe aumentar el área marina protegida alrededor de la Isla del Coco donde se limitan las actividades pesqueras, e incrementar las actividades de vigilancia.

Participantes incluyeron a biólogos y asistentes de investigación procedentes de Costa Rica, EEUU, Colombia, Australia, y Bellarus, y se utilizaron los excelentes servicios de la compañía de buceo costarricense Undersea Hunter.

Para más fotografías de la expedición, haga clickaquí:

La expedición contó con el apoyo de la Whitley Fund for Nature, la BBC Wildlife Fund, y la Membresía Corporativa de Pretoma.